¿Tiene Futuro la Educación Liberal Tras 2.500 Años de Historia?

Hace algunos años, cuando era director general de la Escuela Internacional de Ginebra, invité a una exalumna a compartir su experiencia con un grupo de estudiantes. Su historia se remontaba a sesenta años atrás, cuando, siendo una joven judía-húngara, sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. Narró el traumático viaje en tren que la llevó desde Budapest hasta Ginebra y los meses que pasó en el tristemente célebre campo de concentración de Bergen-Belsen. Cuando le preguntaron qué le había dado esperanza durante el viaje y su estancia en el campo, su respuesta, para sorpresa de los alumnos, fue: “la cultura”. Se refería a los logros creativos del espíritu humano, que, mantenidos vivos en el campo mediante lecturas de poesía y conferencias, actuaron como un escudo contra la barbarie que la rodeaba.
Su respuesta reflejaba lo que el filósofo político Alan Ryan, al hablar sobre la “educación liberal”, denominó “un sentido de pertenencia cultural”: la sensación de formar parte de una tradición que da significado a la vida y se valora. Esta joven había recibido, ya fuera de su familia o de su escuela, una educación basada en la transmisión de lo que el poeta y pedagogo inglés del siglo XIX, Matthew Arnold, definió como “lo mejor que se ha pensado y conocido”. Este artículo explora los orígenes y la naturaleza de esta educación liberal y la necesidad de su continuidad en la actualidad.
Sin embargo, como señaló George Steiner, una educación similar también fue recibida por altos mandos alemanes que orquestaron las atrocidades del nazismo en la década de 1940. En una crítica demoledora a la defensa de la “alta cultura” realizada por el poeta T. S. Eliot en su obra Notes Towards the Definition of Culture, Steiner subrayó cómo individuos con una formación humanista rigurosa, lectores de Goethe y Rilke e incluso intérpretes de Bach y Mozart, participaron en la administración del Holocausto. Esto generó dudas sobre si el modelo educativo elitista que la cultura occidental había ensalzado realmente humanizaba a quienes lo recibían.
El concepto de “educación liberal” ha sido definido y aplicado de diversas formas a lo largo de la historia, desde sus inicios en Grecia y Roma. Ha servido a distintos propósitos y ha englobado diversos programas académicos bajo su nombre. En este artículo se examina su relación con distintas corrientes políticas y se cuestiona si esta educación debe estar dirigida a toda la sociedad o solo a una élite. Además, se argumenta que existen principios fundamentales que la definen y la diferencian de modelos educativos modernos que representan su antítesis. Finalmente, se plantea la cuestión: ¿Tiene futuro la educación liberal?
El término “educación liberal” se utiliza en inglés desde el siglo XVI, al igual que las referencias a las “artes liberales” y las “ciencias liberales”. La diferencia clave entre lo que es “liberal” y lo que no lo es radica en que lo primero estaba reservado a los hombres libres (liberalis en latín) y no se refería a actividades destinadas a obtener un sustento económico. El concepto de “artes liberales” (artes liberales en latín) data de la época romana. Cabe destacar que la “educación liberal” no está necesariamente vinculada al “liberalismo” político, a pesar de que Ryan abordó esta conexión en su obra. Tampoco tiene relación con el significado contemporáneo de “liberal” en Estados Unidos, entendido como “progresista”. En los últimos años, especialmente en EE.UU., el término ha sido equiparado en ocasiones con la “educación clásica”, aunque este artículo reserva esa denominación para la enseñanza de los clásicos griegos y latinos, que pueden formar parte de una educación liberal, pero no necesariamente lo hacen.
Platón y Aristóteles
Al igual que en la teoría política, la discusión sobre la educación liberal suele remontarse a Platón. Su principal preocupación era la formación de una élite de “Guardianes” encargados de gobernar la ciudad ideal que imaginó en La República. Para él, la educación debía centrarse en la selección de los individuos más capacitados y en su transformación en una élite dedicada a la búsqueda de la verdad, la virtud y la belleza. Este proceso implicaba un examen ético e intelectual constante, que duraría toda la vida. Aquellos que alcanzaran las etapas finales de esta formación, según Platón, dedicarían parte de su tiempo a la contemplación filosófica avanzada, además de servir al Estado.
Aristóteles, por su parte, tenía una visión más pragmática de la educación. Consideraba que el objetivo del aprendizaje no solo era formar gobernantes, sino también ciudadanos virtuosos que contribuyeran al bien común. Para él, la educación debía abarcar tanto el cultivo de la razón como el desarrollo de hábitos morales, promoviendo un equilibrio entre la teoría y la práctica.
La educación liberal ha evolucionado a lo largo de los siglos, adaptándose a los cambios sociales y políticos. En la actualidad, sigue siendo objeto de debate: algunos la consideran esencial para el desarrollo del pensamiento crítico y la ciudadanía democrática, mientras que otros la ven como un vestigio elitista del pasado. La pregunta sigue en el aire: ¿puede sobrevivir la educación liberal en un mundo dominado por la tecnología y la especialización laboral? El futuro de esta tradición educativa dependerá de cómo logre adaptarse a los desafíos del siglo XXI sin perder su esencia fundamental.