La ablación o mutilación genital femenina es una práctica muy extendida en algunos países africanos. En España es ilegal. El Islam también lo prohíbe. Este ritual, que marca la entrada de las adolescentes en la edad adulta, consiste en cortar el clítoris y otros tejidos vaginales. Sus consecuencias, la pérdida de sensibilidad en los genitales. A parte del trauma psicológico, muchas mujeres mueren desangradas o por infección. Amnistía internacional estima que, en la actualidad, 110 millones de mujeres han sufrido esta práctica.
Juan Moreno Muñoz (Murcia, 1982) es un licenciado en Derecho que, tras trabajar un tiempo en lo suyo, decidió buscar otras metas en la vida que le llenaran más. Ha pasado un año en África trabajando con la ONG Tostan, la cual intenta concienciar a las comunidades indígenas de los riesgos de la ablación, al tiempo que les ayudan a crear un sistema económico sostenible. Durante su breve paso por Murcia, comentó con Elpajarito.es sus experiencias en el continente que vio nacer al ser humano.
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P. ¿Cómo trabaja la ONG Tostan?
R. Después de veinte años de experiencia, han desarrollado un enfoque revolucionario. No abordan su cultura de manera juiciosa, cayendo en el típico paradigma paternalista que suele tener Occidente de que “Esto está mal. Te voy a enseñar como se hace…”. Lo que se trata es de que ellos mismos conozcan bien cuáles son las raíces de algunas costumbres, como la ablación, y darles a entender que otra realidad es posible.
P. ¿En qué consiste su programa?
R. Es un programa de educación enfocado a las comunidades y dividido en tres módulos: uno sobre derechos humanos, otro sobre higiene, y otro sobre desarrollo económico sostenible. Los talleres son impartidos por africanos. Hay muy pocos trabajadores occidentales en Tostan, y la mayoría son voluntarios.
P. ¿Por qué empezar por los derechos humanos?
R. Nos dirigimos a comunidades con un alto índice de analfabetismo. Para empezar a desarrollarse, lo primero que tienen que entender es qué implica ser un ser humano y cuáles son sus derechos, como la educación, la nacionalidad, a no sufrir violencia o discriminación… Lo que parece obvio en Occidente, para ellos es un mundo nuevo.
P. ¿Por qué la ablación genital está tan extendida en estas comunidades?
R. El problema es que está muy enraizado en su cultura. No tiene nada que ver con la religión, es una cuestión de la integración de la mujer en sus sociedades. Para terminar con esta práctica, nos encontramos con el problema de que no basta con concienciar al individuo ni a la comunidad de sus riesgos, porque la presión social que ejercen las comunidades vecinas hace que, al poco tiempo de abandonarla, vuelvan a su práctica. Hay que hacer un trabajo integral.
P. De los países en los que ha trabajado… ¿En cuál le ha resultado más duro?
R. [Resopla y se echa las manos a la cabeza] Guinea, sin lugar a dudas. Es un país muy difícil, por su contexto histórico. La primera gran zancadilla que les puso su propia independencia fue rechazar el protectorado francés. Eso no fue gratis. Les supuso un bloqueo económico y caer en las garras de un dictador tras otro. Ahora tienen a su primer presidente democrático, que tiene muy buenas intenciones, pero no ha cumplido sus promesas electorales. No sé si por negligencia o por imposibilidad.
P. Usted que ha vivido en varios países de Europa y África, tanto en el primer como en el tercer mundo… ¿diría que la corrupción es algo intrínseco a la clase política?
R. Soy una persona que no cree en la política tal y como la entendemos hoy en día. No creo que la raza política nos represente, ni que su función sea la de velar por nuestros intereses. Pero qué te voy a contar de las cifras de corrupción de los gobiernos africanos, cuando solo tienes que echarles un vistazo a países tan desarrollados como el nuestro.
P. ¿Qué es lo peor que ha visto?
R. Si bien es cierto que vengo de países tercermundistas, yo no he visto a nadie morir de hambre frente a mis ojos, tampoco he enfermado gravemente. En esto he tenido suerte. Dicho lo dicho, algunos compañeros africanos de Tostan me han contado que algunos familiares han muerto por malaria, diarreas, un constipado… enfermedades por las que nadie moriría en Europa. Urge garantizar unas condiciones de salubridad aceptables para estas comunidades.
P. ¿Ha cambiado en algo su manera de ver el mundo?
R. La gente suele preguntarse cómo es que en estos países, en donde no tienen casi de nada, se ve a la gente tan sonriente. Cuando he vuelto a España, para mí la pregunta ha cambiado: ¿Cómo en Occidente podemos ser tan infelices teniendo tanto? Es uno de los grandes problemas de nuestra sociedad: tenemos diez veces más de lo que necesitamos, pero nuestra mayor pandemia es la depresión.
P. ¿Qué es lo mejor que ha visto en África?
R. Lo que se considera el golpe de gracia de Tostan: una ceremonia en la que se reúnen hasta cien comunidades de distintos países para hacer una declaración pública del abandono de la ablación y de los matrimonios forzados. Allí he visto a gente comprometida con ganas de cambiar, conscientes de que es posible otra realidad, basada en el respeto y en el diálogo.