“Le hare una oferta que no podrá rechazar” es una frase que se repite en las dos primeras entregas de ‘El Padrino’, y en ambas da resultado. La peculiar metodología de Vito Corleone, gracias a la cual hizo carrera tan singular personaje de ficción, se reproduce en muchas facetas de la vida real. En el periodismo murciano, también. No será la primera vez que algunos jefecillos hacen uso de similares mecanismos coactivos para forzar una exclusiva amparándose en una repercusión sin par gracias a una difusion hegemónica. Tampoco será la última que esos mismos jefecillos tiran de teléfono para sugerir el despido o la vejación de alguien que, desde una oficina, ha osado cuestionar sus métodos y seguir el protocolo de discreción y confidencialidad al que está obligado por su empresa u organismo oficial. Son tipos duros, brillantes profesionales en cuyo curriculum figura un premio Ortega y Gasset por un oscuro trabajo de los servicios de inteligencia, o un diploma autonómico de servicios distinguidos por la defensa a capa y espada de una doctrina provinciana nada ecuánime, consultores 'in pectore' del régimen que sustentan. Sin regomeyo alguno, crucifican (nunca mejor dicho) a un chaval presunto que no supo demostrar su inocencia en el acto. Trabajan, eso sí, para una empresa periodística que, por ejemplo, no repara en abogados para enviar al Juzgado a una asociación de críos cuyo error consistió en bautizarla igual que un miserable cintillo de sus páginas musicales. Emplean su influencia chantajista para impedir la transparencia de las instituciones judiciales y hacerse bajo mano con un auto, un secreto de sumario, un informe pericial. Someten a personajes importantes a sutiles extorsiones por adelantar una primicia a cambio de un trato preferente o de una ocultación de errores, pufos y miserias personales. Dan por bueno incluso el saqueo de los fondos de una cooperativa afín a manos del hermano cocainómano de un alto cargo canjeándolo por futuros favores ocultos… En fin, el mundo de reporteros y editores que imaginó Billy Wilder en ‘Primera plana’ no acabó en aquella película –‘remake’ al fin y al cabo de otra cinta, ‘Luna nueva’– en clave de comedia negra. Pues solo así, negra y cómica, puede entenderse esta impresentable trama de apariencias que calla más que lo que muestra y que vende más intereses que certezas.
A fuer de viejos, lideran el mercado con un producto caduco, algo paleto, siempre pelota gobierne quien gobierne. Van de murcianos por la vida –como si eso fuera algo más que un accidente– y nunca llevan fe de erratas. Están, por tanto, en posesión de la verdad. Y cuando plagian, registran la patente.
Esta imagen, que procede de la página 8 del diario La Opinión de Murcia de un frío domingo 5 de febrero, corresponde a la pequeña pero ilusionada concentración que, a las puertas de la Biblioteca Regional de Murcia, realizaron personas preocupadas por los planes de la Unión Europea sobre la implantación del pago en el préstamo de libros. 
De entre las numerosas virtudes que adornan a la prensa regional murciana, seguramente una de las más características es su capacidad para titular las noticias cargando las tintas sobre su aspecto positivo (recuerden a Walter Mathau en ‘Primera plana’: “No dejes que la realidad te estropee un buen titular”). Esa altruista tendencia a endulzar el café que acompaña al periódico no es, ni mucho menos, exclusiva del panorama periodístico impreso regional. Sí parece serlo, no obstante, la insistente utilización del tiempo verbal futuro en su modo perfecto. No es preciso ser un experto semiólogo para observar cuán frecuente despachan La Verdad y La Opinión ciertas informaciones con titulares que más parecen pronósticos de Rappel, la Bruja Lola u Octavio Aceves. Los ejemplos son numerosos y sería prolijo aquí mencionarlos con detalle. Nos detendremos, sin embargo, en algunos de los más elocuentes.




