Lun20052013

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Pájara

Contra la coyunda voluntaria

Emulo, a contrario, a Etienne de la Boëtie, y propongo un breve panfletillo contra la coyunda voluntaria, el cual no será sino un trasunto de aquel discurso sobre la pertinaz voluntad de servir que caracteriza a ese extraño mamífero llamado ser humano.

Somos ciudadanos. Usted y yo. Frente a nosotros, a la derecha y a la izquierda, delante y detrás, se sitúan aquéllos que detentan el poder político –biopolítico–, económico, cultural, etc. Somos sujetos de derechos y de deberes y estamos “sujetos” a una determinada forma de gobierno. Más allá o más acá de posiciones estratégicas de carácter ideológico –derechas o izquierdas, conservadoras o progresistas– nuestra común ciudadanía nos obliga a enfrentarnos al poder –o a su abuso, aunque quizás usar y abusar sean aquí una y la misma cosa–, independientemente de quién sea el gobernante y quiénes sean los gobernados. Somos ciudadanos y tenemos en común el hecho de estar sometidos a un régimen de gobierno. Ahí reside la clave de nuestra inevitable solidaridad. Los gobernantes afirman que su objetivo es el Bien Común, que su vocación es el “servicio público”, la felicidad de los gobernados. Y así, armados hasta los dientes de un programa-propaganda electoral condenado, a priori, a ser incumplido, o, en el peor de los casos, a ser llevado a la práctica, se reservan el derecho de condenar al ciudadano a pagar las deudas generadas por sus decisiones y negligencias. La responsabilidad legal es una cualidad ajena y extraña a nuestro sistema de desgobierno, de nuestro Estado de Desecho, como dice Pascual, un buen amigo mío. Somos ciudadanos y rechazamos la economía de funciones que disponen estos sátrapas de la incólume corrupción: la indignación para el ciudadano y la acción para el gobernante. Indignación lírica que fomentan y que se adecúa perfectamente a su intereses. La indignación del ciudadano le viene bien al político mientras ésta se inscriba exclusivamente en el ámbito de lo teórico y no se proyecte en la vida práctica. Vosotros indignaos y hablad que nosotros decidiremos, dicen confiados y satisfechos de sí mismos, mientras se solazan en su escaño, impasibles a pesar de la fetidez que emana de un escaño saturado de malas prácticas y peores artes. Somos ciudadanos. Basta ya de la indignación que se reduce a un conjunto de gestos y manifestaciones inocuos. La asepsia ciudadana debe dejar paso a la tarea de despojar a los profesionales del mangoneo del monopolio de la acción. Sobre todo, cuando ésta se encuentra desprovista de una evaluación de sus consecuencias y de las sanciones legales que de estas se deriven. El despreocupado distanciamiento de los ciudadanos debe transformarse en voluntad práctica en el espacio de una concepción de lo político como la red en la que se establece el nexo entre los ciudadanos y el espacio definido por el conjunto de sus relaciones. Los griegos, hace ya algunos años, lo llamaban polis. En ella cabe la honestidad y la honradez. Ella exige políticos que estén a la altura de las circunstancias. Los demás, sobran.

Walking Dead

Debo ser firme y ser un hombre de principios, pensó mientras apuraba el último trago de whisky. Vivió sosteniéndolos hasta que la tierra que pisaba se resquebrajó, y con ella su firmeza. Entonces, fue aplastado por el peso de sus principios.
No, no hablo del caso Bárcenas ni de sus colegas de partido, ni siquiera de sus colegas de otros partidos. Aquí no hay principios. El problema es que tampoco hay finales. El pasado se emborrona, el presente se aliena y el futuro se presenta como la hipóstasis del esperpento. ¿El futuro? Hoy día no ofrece la menor duda: o asesor o tesorero del PP. Uno se forra, después, se le despide de un modo improcedente o disimulado. Por último, oteando el horizonte encaramado sobre el montón de millones de euros que había acumulado, sin darse cuenta, en un banco suizo, y tras haber cobrado una indemnización millonaria, se inscribe en la oficina de empleo más próxima a fin de cobrar el subsidio de desempleo. Bárcenas o la calle de dirección única que termina en un muro donde se estrella la ciudadanía. Rajoy o la roca muda. La corrupción o los últimos estertores de unos partidos políticos cuya antropofagia ciudadana es un trasunto de algunas de las imágenes de Walking Dead.
La tierra no se resquebraja, sí la economía de todos aquellos que, en opinión de los expertos cons o neocons, “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Y no solo la economía. También la conciencia política y la confianza en este sistema que comienza a roer las entrañas de la “inmensa mayoría de los españoles”. Antes se decía que vivir es pactar con el Estado. Ahora, se exige el pacto, pero, más bien, para sobrevivir o malvivir.
En el Olimpo de la Soberanía Nacional, léase la Cámara Baja, los diputados y gobernantes, ajenos a las contingencias de la vida cotidiana de la ciudadanía, continúan su particular juego de rol en el que nunca pierden. Salvo la vergüenza. Pero, parece ser que para ellos esta pérdida no significa nada si la comparan con lo que ganan.

Benedicto XVI no es un enormísimo cronopio

Los cronopios nunca se preguntan sobre lo que ocurre en el más allá, a ellos les queda demasiado lejos, pues su única unidad de medida es la “huella onírica”. Por ejemplo, decía un cronopio que sus padres vivían a tres sueños y medio de su casa o, lo que es lo mismo, más o menos, a tres buenos días, buenas tardes o buenas noches de distancia. Como tienen un sueño pesado y sin desvelos, todo lo que ocurre en el Lado de Allá queda muy lejos. En el Lado de Acá, todo está cerca y ellos van y vienen entre sueño y sueño.

El Lado de Allá, a veces, se insinúa, pero difícilmente aparece a no ser que su cotidianidad se vea interrumpida con alguna información novedosa sobre el asunto, por ejemplo, cuando recibieron la noticia de la próxima dimisión de Benedicto XVI, antes J. Ratzinger, antes gran inquisidor ejecutivo contra las ovejas descarriadas en el seno de su comunidad, como fue el caso de Hans Küng o Leonardo Boff, a los cuales logró, no excomulgar, pero sí apartar de la enseñanza prohibiéndoles ejercer su trabajo y ganarse el pan con el sudor de sus neuronas; al primero, por cuestionar la infalibilidad del Papa; al segundo, por defender teologías liberadoras o, mejor dicho, de la liberación.

Hay quien dice que la Iglesia no es una institución política y cuando los cronopios oyen estas cosas de la boca de periodistas de reconocida solvencia, entonces, se tronchan de risa. Siempre recuerdan lo que decía hace años un dirigente de la izquierda apalancada: quien se mueve no sale en la foto. La vocación es la misma en el Vaticano o en la Asamblea Regional de Murcia. Küng y Boff se movieron y la ortodoxia vaticana les hizo pagar por ello.

Se nos va el fotógrafo. El enormísimo cronopio canta con su peculiar voz When The Saints Go marching In. Mientras bailan, los cronopios no entienden de lamentaciones. Ellos van y vienen, de sueño en sueño, de melodía en melodía, pues saben que siempre habrá un nuevo fotógrafo, una ortodoxia infalible y alguien que no pueda estarse quieto.

El valor del profesor

A diferencia de Albert Camus (1), no puedo imaginar a Sísifo dichoso, ni feliz, ni siquiera satisfecho. La ausencia de sentido invita a la desesperación. Cuerpo y alma ceden a la tentación de dejarse llevar por la inmediatez de la tarea que comienza una y otra vez, que se consume en sí misma sin apuntar hacia ningún objetivo o meta. Trabajo diario del profesor: no sucumbir ante los atractivos de la frustración y la desidia, no entusiasmarse con la inevitable levedad de las cosas, no acercarse al espejo en el que Sísifo, esta vez feliz, nos reta con su mirada. Para evitar malentendidos y como medida de precaución, me permito la licencia de traer aquí dos acepciones de uno de los términos que aparecen en el título de este escrito. El Diccionario de la Real Academia registra trece acepciones del término “valor”, de las cuales transcribo dos, las más relevantes para tratar el tema que nos ocupa. En una primera acepción queda definido como “cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros.” Por otra parte, como “cualidad que poseen algunas realidades concretas, consideradas bienes, por lo cual son estimables.” Blaise Pascal afirmaba que las normas políticas parecen hechas para gobernar un manicomio. No menos se puede decir de la ingente cantidad de decretos, órdenes y leyes que pretenden organizar la Educación –¿o debería decir la Enseñanza?– en este país que un día nos vio nacer fruto del azar, la improvisación, el descuido, la voluntad o el amor. Sea cual fuere la razón necesaria de nuestra presencia en este mundo y en esta tierra, dejémosla de lado, de momento, y pasemos a la cuestión que nos ocupa.

A nadie le pasa desapercibido que incluso en los regímenes democráticos, el Estado tiene una cierta vocación totalitaria. Tendencia que se manifiesta, entre otros, en el ámbito de la Educación. Y el que este término haya sustituido al de Enseñanza es ya un síntoma inequívoco de dicha voluntad. Ya no se trata de instruir en habilidades y conocimientos, sino de ofrecer a los “usuarios” (perdón), los alumnos y sus familias, una educación total (¿-itaria?): además de enseñarles contenidos y cómo manejarlos, hay que forjar sus sentimientos, sus creencias y sus afectos o convicciones, es decir: educar.

Es el poder el que habla y dicta el “modo de vida” para evitar cualquier conato de resistencia, cualquier apuesta por la autonomía. Aquí reside, en mi opinión, el malentendido con respecto a la Educación en valores y su relación con el valor del profesor. Porque los valores no se enseñan; se imponen. Se enseña la filosofía de Sartre, el ciclo de Krebs o el teorema de Gödel. La educación exige la imposición de normas que se cimentan en una serie de valores, siendo su objetivo la interiorización de los mismos por parte de los educandos. Los valores no pueden enseñarse como una teoría física o un teorema matemático, a lo sumo, podemos, por ósmosis existencial, transmitirlos, ya que son inmanentes a nuestros actos.

De ahí el pleonasmo “educar o enseñar en valores”. Como si se pudiese enseñar de otro modo, como si los valores no estuviesen siempre presentes en todo acto educativo o instructivo. Entonces, ¿por qué tanta insistencia en que la “Educación” sea en valores si lo contrario es imposible? ¿No será que se pretende que se eduque en ciertos valores y que el profesor asuma la tarea no ya de instruir y formar sino de forjar ciudadanos cuya conducta se cimente sobre la aquiescencia ignorante y la sumisión a un paternalismo estatal que iguala a todos en la ignorancia y la desidia?

La Educación, como tarea que trasciende los límites de la “noble” institución de la Enseñanza, no se puede codificar en un manual de autoayuda, no es un conjunto de prescripciones cuya finalidad se reduce a procurar la salud ciudadana. Enseñar no es poner en escena los valores; repito, éstos no se enseñan, ni la virtud tampoco; se enseña la obediencia como ya nos decía Platón. En la Enseñanza, la importancia debería recaer más en la interrogación que en la respuesta, más en el porvenir que en la tiranía de lo dado. El valor del profesor depende de su apuesta personal por formular las preguntas oportunas y no de su resignación o de su voluntaria servidumbre a un sistema que pretende convertirlo en un sacerdote laico, en el cual su función consiste en transmitir normas, preceptos, recomendaciones y... valores. El valor del profesor reside en su resistencia a solazarse en la pedagogía para ahuyentar el pensamiento. El valor del profesor está íntimamente relacionado con la inminencia de la pregunta y no con el conocimiento de las respuestas, pues ser ciudadano en un sistema democrático implica la osadía, el atrevimiento de preguntar allí donde se ha establecido que ya están dadas todas las respuestas. La ignorancia –un valor en alza, no lo olvidemos– encuentra su lugar natural en la voluntad paternalista de los “Mandarines” (2), los cuales establecen lo que debe ser pensado, cómo se debe pensar y a qué conclusiones se ha de llegar, o lo que es lo mismo: la negación del pensamiento.

La enseñanza media, hoy secundaria, consiste, cada vez más, en una guardería universal cuyo límite con respecto a los contenidos es el cero, pues no hay respuesta allí donde no cabe establecer pregunta alguna, en la que el profesorado se ve privado de autoridad, desprovisto de instrumentos disciplinarios y siempre puesto en cuestión por padres y alumnos. Aquí rige la lógica del silogismo perverso. Así razona el educando: como en ocasiones se han cometido injusticias, yo siempre soy el objeto de las mismas. El paternalismo triunfa, la victimización se confirma y la responsabilidad se desvanece. En este contexto viene de perlas una tercera acepción del término ‘valor’: “Persona que posee o a la que se le atribuyen cualidades positivas para desarrollar una determinada actividad.” El valor del profesor no depende del valor que se le otorga por parte de otras instancias o instituciones, sino de su compromiso con la labor que desarrolla. Cuanto menos valor se le concede más valor necesita para desarrollar su tarea. Es una obviedad pero hay que decirlo: cuanto más y mejor intenta enseñar un profesor menos valor se le otorga. En nuestra profesión la competencia profesional está penalizada. El profesor-colega, amigo, ha sustituido al profesor que forma e informa. La ineptitud ya no es un problema y la ignorancia es el factor que nivela e iguala. Lo que debería ser una excepción, la adaptación curricular (conste en acta que no soy yo el que ha forjado la expresión) se ha convertido en la norma. ¿Es la ignorancia el nuevo valor paradigmático que combinado con la igualdad se presenta como el nuevo principio del que deben emanar normas y disposiciones? La ecuación resulta paradójica: educar para igualar a todos, no en la areté, sino en la nulidad. El valor del profesor, más allá del que se le otorgue, reside, precisamente, en resistirse a esta ecuación, en no someterse a las aporías que se desprenden de la paradoja. Y mucho valor hay que tener para no sucumbir a las tentaciones del maligno: todos iguales, todos ignorantes; y el profesor como maestro de ceremonias de este espectáculo. Y cada uno en su feudo de irresponsabilidad canta una canción cuyo estribillo es la famosa sentencia de Celine: todos son culpables salvo yo. En el laberinto de la postmodernidad se forja un nuevo rostro que se define por tres coordenas: la inocencia, el infantilismo y la victimización; las cuales define un lugar común: el adolescente; cuyo periodo de incubación y desarrollo abarca desde la pubertad hasta vaya usted a saber cuándo. Si Valle-Inclán levantase la cabeza, seguro estoy de ello, haría arder en la hoguera sus escritos y los sustituiría por la crónica de esta noble institución, pues sin esfuerzo alguno, sólo registrando su devenir cotidiano, nos ofrecería la esencia del esperpento.

La aguja del giradiscos rasga levemente el vinilo. Carlos Gardel canta Cambalache, esa obra maestra de Enrique Santos Discépolo: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor! Cambalache o logses o lomces, ¿qué más da?


(1) Camus resume el mito del siguiente modo: Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.” La última frase de su célebre ensayo El mito de Sísifo dice así: “Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.”

(2) Término cuyo significado expone Miguel Espinosa en su obra Escuela de Mandarines.

El desprecio de la filosofía exige una filosofía del desprecio

PSOE y PP, el ayer y el hoy, aúnan esfuerzos movidos por una única Voluntad de Desprecio de la Filosofía.

En el principio no fue el Verbo, sino el PSOE armado del poder de los votos o, mejor dicho, del voto del poder. Ni el Verbo, ni, precisamente, el Logos. En el principio fue la LOGSE, ese engendro progre que se sustentaba sobre cuatro coordenadas: la santa vocación del profesorado, la innegociable preocupación de los padres, la abnegación de los estudiantes y el compromiso desinteresado de consejerías y ministerios. Allí, en el santuario que congregó a los sumos pontífices de la voluntad general: políticos y pedagogos, abogados y asesores, se condenó a la Historia de la Filosofía. Los defensores del laicismo la situaron en el mismo nivel que la religión, la condenaron a la optatividad (perdón por el inexistente palabro). Lo sufrí, puedo dar fe de ello.

Ahora ya no es el principio. Pero, constatamos la ausencia del Verbo y del Logos. Ahora ya no es la LOGSE; el engendro se llama LOMCE, por obra y gracia del PP. Se comparten coordenadas, desidia y abulia gubernamental a la hora de afrontar la cosa llamada Enseñanza o Educación. Cuando oyen la palabra “filosofía”, rápidamente desenfundan sus leyes como otros decían hacerlo con sus pistolas. Se comparte la voluntad de excluir la historia de la filosofía y se vuelve a la optatividad (de nuevo, perdón). No se estimó la apelación –si es que la hubo, ¿por qué?, ¿por parte de quién?– y el voto del poder ratificó la sentencia. Dije que lo sufrí, y lo volveré a sufrir hasta una jubilación cuyo horizonte es incierto, puedo dar fe de ello.

El perdón de Rajoy

Por su interés como botón de muestra de la catadura de Mariano Rajoy, cuyos mohínes frailunos no logran esconder su auténtico fondo de armario, remitimos al artículo de Ignacio Escolar en su blog, muy significativo del estado de las cosas en España.

http://www.escolar.net/MT/archives/2012/03/el-perdon-de-rajoy.html