La próxima declaración ante el juez del alcalde de Murcia, Miguel Ángel Cámara, como imputado en el ‘caso Umbra’, de corrupción urbanística, no es más que la consecuencia lógica de un asunto del que no pudo enterarse por la prensa, porque no cuela. Desde que el 5 de octubre de 2010 agentes de la Guardia Civil registraron el Ayuntamiento y la Gerencia de Urbanismo en busca de papeles hasta que en mayo comparezca ante el titular del Juzgado número 8, al alcalde le habrán salido algunas canas, aunque sigue siendo una incógnita si le habrá crecido la vergüenza. No es este el primer asunto de corrupción en su entorno municipal. El ‘caso Barraca’, en el que está implicado Joaquín Peñalver, quien fuera su jefe de Planeamiento (urbanístico, cómo no), sigue su curso en los tribunales, aunque al alcalde no le han llamado desde el Juzgado para este asunto.
Con su imagen hierática –de expresión un tanto boba, hay que decirlo– y sus escasas declaraciones públicas, desde 1995 hasta ahora, Cámara ha sorteado todos los pufos de su gestión quemando a la gente de sus equipos, incluido el todopoderoso Sánchez Carrillo, aunque el prohombre de Patiño ya hacía lo suyo por quemarse él solito en sus negocios privados. Al alcalde, que también es secretario general del PP, no le ha desgastado nada en todo este tiempo ir sembrando la ciudad de plazas inhóspitas, cepillarse el arbolado sistemáticamente, dejar a nivel africano la limpieza de barrios y pedanías –el centro no–, relajar como un esfínter la aplicación de las ordenanzas sobre ruido y contaminación, dotar generosamente la asignación presupuestaria a Iberdrola encendiendo farolas para alumbrar descampados, fomentar un Consejo Local de la Juventud para pagar viajes de esquí a Sierra Nevada, etcétera. A cambio, tenemos más procesiones que en el medievo, monumentos a la capa y al nazareno, calles a nombre de fascistas confesos, rotondas con esculturas de broma, carriles-bici intransitables, un tranvía para ir al cine y una pancarta partidista en la fachada de todos.
El tándem pepero regional Valcárcel caudillo-Cámara lugarteniente parece que se agota con la imputación del alcalde y las ganas del presidente de que la ruina total de la Región no le alcance en el trono. La disciplinada militancia del PP asiste con cierto pasmo a ambas situaciones personales, pero acatará los relevos que democráticamente les imponga Valcárcel con el aplauso sincopado con que se producían los congresos al otro lado del Telón de Acero, hasta minutos antes del derrumbe.




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