El conjunto de medidas anunciadas ayer por el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en el Congreso de los diputados –jaleadas por su grupo parlamentario, aplaudidas en Bruselas y recibidas con lógicas alzas especulativas en los mercados– suponen una nueva vuelta de tuerca al garrote con que el Ejecutivo está estrangulando a las economías más frágiles desde que el Partido Popular volvió al poder absoluto en España. En línea con la ortodoxia que impone Bruselas para corregir el déficit público –que no es sino consecuencia de aquel infausto Tratado de Maastricht que consagró la Europa de los mercaderes y el desmadre de los banqueros, ya de suyo amigos de lo ajeno–, al gris registrador de la propiedad que rige nuestros destinos no se le ocurre otra cosa que empobrecer aún más a la sociedad española poniendo en práctica semana tras semana, según él mismo, todo lo contrario de lo que su ideario predica. Y además proclama, con la severa desfachatez y el cinismo que se gasta, que no hay otra alternativa y que por este camino saldremos adelante. Estamos, según él, tomando carrera hacia atrás para salir despedidos (con perdón), más o menos, hacia el paraíso, allá por 2020.
El continuo desmantelamiento del Estado del bienestar, que para los españoles ha sido tan breve como un espejismo, al parecer no se va a detener en la subida del IVA, el copago sanitario, el recorte de sueldos o la humillación a los pensionistas y los parados –a los existentes y a los potenciales–, sino que, en vista de los resultados de sus anteriores y similares medidas de recorte, van a abocar a mucha gente a la pobreza y a la precariedad más absoluta antes incluso de que Europa intervenga abiertamente la economía española, que todo se andará. Entre col y col, Rajoy podría haber puesto una lechuga en forma de gesto fiscal contundente hacia las rentas más altas y las fortunas más principales, a cuyos titulares esta crisis ni siquiera les produce un arañazo. Entre tijera y tijera para el común de los ciudadanos, podría también haber tenido un gesto de corte populista y rebajado a la mitad, por ejemplo, el sueldo de todos los cargos públicos y colocados de confianza, que en España son legión y en Murcia centenares.
La indignación ciudadana va en aumento porque tampoco se conocen medidas paralelas que investiguen el origen de la crisis económica y señalen a sus culpables. Ha sido tanta la complicidad entre la clase política que suele alternar acomodo en La Moncloa y la élite financiera, que no sólo se evita mencionarla, sino que usa a los fiscales de comandos para impedir que prosperen iniciativas judiciales.
Para colmo, el creciente desprestigio de las instituciones democráticas a causa de las conductas personales de quienes las encarnan, no contribuye precisamente a abonar el terreno para la reflexión y la cordura. Las corruptelas, los despilfarros, el amiguismo, la prevaricación y los compadreos siguen siendo moneda corriente entre quienes ostentan la representación ciudadana, desde concejalillos poco alfabetizados y alcaldes dudosos hasta presidentes de órganos constitucionales. Cuidado con eso, que, además de andar jugando con el pan de los hijos de la gente, se está abonando el terreno para tentaciones más extremas.
P.S.: Desde Elpajarito.es, donde no cobra ni el apuntador y todo son colaboraciones altruistas, seguimos con la puerta abierta a quienes, desde las administraciones públicas y otros estamentos, quieran canalizar su indignación revelando esos entuertos comunes, o no tanto, que se deslizan entre los papeles, para lo que habilitamos el siguiente canal: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla



