Siguiendo la línea editorial de esta columna, tocaría emplear los conceptos desarrollados anteriormente para empezar a destripar esas tecnologías que supuestamente han de relanzar el crecimiento económico pero que, fíjate por dónde, no lo consiguen. Este asunto no es baladí, pero mi actualidad informativa obliga a focalizar la atención en otro menester que, si bien no es lo mismo de siempre, no deja de tener relación.
Hoy por hoy el éxodo es patente. No es nada extraño que por una conversación cualquiera entre amigos se pasee el fantasma de la emigración, entonando esa alegre cantinela de que un futuro mejor todavía es posible y no es tan difícil, "solo" hay que marcharse. Las cifras de evolución de población (tanto activa como total) no dejan lugar a dudas de que algo gordo se cuece y que AENA, gestor estatal de aeropuertos, tenga especial predisposición para marear al personal que pregunte por el resultado de las cuentas entre pasajeros que salen y entran. Diremos que, como ejercicio de transparencia, deja bastante que desear.
Admitámoslo, el que más y el que menos fantasea con ese supuesto futuro mejor. Hasta yo lo hago y, por qué no confesarlo, en cierto modo lo he intentado. Supuestamente vivimos en un mundo hipercomunicado en el que ya sea mediante telecomunicaciones o mediante dos o tres enlaces de avión uno puede estar en casa de sus padres y en Katmandú simultáneamente, emulando a los místicos de la bilocación gracias a la tecnología y, admitámoslo, al dinero (y la energía). Y aunque suena fácil, las experiencias que uno recoge y vive demuestran que no lo es, que triunfar por ahí fuera no solo depende de lo que sepas y lo que hagas, que ser profeta en tierra ajena depende de algo más que ser de fuera.
Coincidiremos en que los núcleos urbanos suelen dividirse en barrios, agrupaciones de viviendas y locales multiuso más o menos revueltos con alguna salpicadura en forma de área verde. Todos estos elementos arquitectónicos suelen estar ocupados continua o esporádicamente por personas, ya sean propietarias o no, de modo que puesto que los elementos arquitectónicos per se son entes inanimados; son las personas que los habitan y desarrollan actividades en su seno las que otorgan vida y dinamismo a éste en función de sus gustos, pasiones e inquietudes, pero, sobre todo, en función de sus posibilidades. Así es como el presente de un barrio y de sus gentes termina por tanto configurando la cultura y estilos de vida que se desarrollan en él y por tanto su evolución.
Descrito de esta manera, parece como si un barrio fuera una comunidad natural que evolucionase en busca de un estado de máximo desarrollo o clímax, algo que en cierto modo puede ser así, si bien el barrio parece diferente. Pensando en la evolución de un barrio de clase obrera, su objetivo evolutivo quizás sería el de terminar siendo un barrio de clase media gracias a la educación que reciban los hijos de los obreros, personas que por supuesto ansían una vida mejor para si mismos y los suyos. Así, el barrio y sus gentes participarían de esa "evolución natural" vía adquisición de riqueza y renovación del personal, aspirando a diferentes horizontes futuros quién sabe si pretendiendo algún día ser un barrio rico. Pero todos sabemos que esto no ocurre así y que el desarrollo de un barrio trasciende esa evolución puramente lineal. De nuevo asemejándose a la naturaleza, si no existe renovación del personal el barrio muere igual que un ecosistema falto de recursos: al envejecer sus gentes disminuyen en actividad económica y los niños abandonan los parques y kioscos por nuevas perspectivas de una vida mejor (anda, la cantinela…). El resultado es que si no existe una reactivación del flujo vital (económico, energético, humano, todos ellos recursos del subsistema) el barrio puede empezar a envejecer al igual que sus moradores, sufriendo deterioro y abandono de infraestructuras que, en lugar de hacerlo evolucionar hacia un futuro mejor, lo terminan degradando a la categoría de mal barrio. Y de forma general, nadie desea vivir en un mal barrio salvo que no tenga más remedio.
De lo expuesto en el párrafo anterior podemos extraer la importancia que tiene un óptimo flujo de recursos dentro de un sistema en función de sus necesidades de diseño para un correcto funcionamiento. Así podemos entender como un barrio puede estancarse si no hay un óptimo flujo de recursos en él (personas, dinero, energía), al igual que una región digámosle marciana puede estancarse si no hay un óptimo flujo de recursos en ella (personas, dinero, energía), de la misma manera que una nación se estanca si no existe un deseable flujo de recursos necesarios para su función (personas, dinero, energía), lo mismo con un continente, lo mismo con un planeta. En términos científicos se definen como estructuras fractales aquellas que presentan una topología similar independientemente de la escala con la que se midan, un concepto muy útil para analizar ciertas situaciones y que además nos traslada cierta intuición de que todos los sistemas están realmente conectados.
Ahora bien, si como venimos exponiendo en esta columna la crisis nuestra que hemos parido entre todos no es tan solo económica sino que tiene mucho de crisis de recursos a nivel planetario; si entendemos que un barrio es un barrio aquí y en Pekín y que éste es tan solo un nivel de aumento elegido en la lupa con la cual observamos la estructura fractal del un sistema que funciona con unos parámetros de diseño que ya no se pueden cumplir… Con una pirámide poblacional en clara inversión para la mayoría de los países de la OCDE y un mundo emergente que ya no crece a la velocidad suficiente para dar cabida a las nuevas generaciones, sabiendo todo esto, quizás la maravillosa cantinela ya no sea tan atractiva, al menos sabremos que siempre hay barrios y barrios. Que cada uno escoja por si mismo si tiene capacidad de elección y si no, mucha suerte. Mientras tanto, querido lector, no me eches demasiado de menos durante el tiempo que esté fuera de la península visitando barrios supuestamente exóticos y superpoblados por motivos profesionales. Amenazo con volver.




